Mostrando entradas con la etiqueta la sal de las heridas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta la sal de las heridas. Mostrar todas las entradas
sábado, 7 de septiembre de 2013
La sal de las heridas 20
— ¿Dónde estás?
— …
— Tranquila, voy para allá.
Jesús pone la cara más seria que le he visto nunca y nos cuenta:
— Era María. Está en la puerta del tanatorio. Dice que en nada van a llevar el cuerpo de su hermana y que ella sólo tiene ganas de beber. Voy a buscarla antes de que haga una tontería.
Jesús sale precipitadamente del restaurante y su mujer se queda con nosotros. Los postres llegan y aunque siempre suelen ser mi plato favorito esta vez no puedo con él. El coulant de chocolate se me atraganta y bebo un largo trago de agua para que baje para abajo. Al final me acabo dejando más de la mitad. Los niños piden salir a jugar al parque que hay al lado del restaurante y su madre les dice que sí. El camarero sirve los cafés y cuando ya vamos por el segundo Jesús entra con una María desencajada. Su pelo lo lleva atado en una coleta y su aspecto es deplorable, grasoso y sucio. María se deja caer en la silla al lado de Sara pero al cabo de poco se levanta y se va hacia el lavabo.
— Está muy mal –dice Jesús y no me queda duda de ello después de haberla visto-. Toda su familia está acudiendo al tanatorio y ella no tiene ganas de hacer ningún papel, me ha dicho que no puede con esto. Que no puede aparentar y oír las maravillas que hizo su hermana en vida y los comentarios de pobrecita.
— La entiendo –digo-.
— Cuando alguien se muere, sólo queda el recuerdo de lo bueno que fue aunque en vida hubiese sido un cabrón –comenta Jaime-.
— Exacto, pero María tiene muy reciente y grabada la putada que le hizo Luz –continua Jesús-. No puede actuar y hacer ver que nunca ha pasado nada. Sus padres están desechos y María me ha dicho que seguro que si hubiera sido ella la muerta seguro que no lo estarían tanto.
— Vaya –dice Sara y mira hacia la puerta del lavabo-. Cuidado que viene –murmura-.
Nos callamos y vemos como María se acerca hacia nosotros con pasos temblorosos y se vuelve a dejar caer en la silla. Un pesado silencio es el que hay ahora en nuestra mesa hasta que María abre su boca y me dice:
— ¿Me puedes poner un poco de agua, Elisa?
Le sirvo el poco de agua que queda en la botella y Jesús le pregunta si quiere que pida otra a lo que María asiente. Se la va bebiendo rápido y al fin le entra hipo.
— ¡Mierda! –masculla María y mira su reloj digital-. Ahora bien seguro que estarán…¡hip! todos allí, mis tíos, ¡hip! mis primos, los vecinos… Todos con buenas palabras, comentado lo buena que era, lo guapa que era… ¡hip!
María aprieta su puño derecho y por un momento creo que va a dejarlo caer sobre la mesa. Bebe otro largo trago de agua sin respirar y parece que el hipo se le quita.
— Y yo no puedo seguir con esta farsa… -sigue María-. Porque nadie sabe que Luz se acostó con Víctor, ni siquiera mis padres. Les dije que lo habíamos dejado porque no estábamos seguros del paso que íbamos a dar. No lo comprendieron, nadie lo comprendió y encima tuve que escuchar sermones por parte de ellos de que un chico como Víctor no lo volvería a encontrar en mi vida. María, me decían, piénsatelo bien, porque Víctor se los puso en el bolsillo desde el primer día que lo conocieron.
Mientras María habla no puedo dejar de pensar en Luís, en cómo lo he traicionado. Nacho me traicionó a mí, así como Luz y Víctor traicionaron a María. El nudo de infidelidades enredado y complejo me ahoga, yo también me sirvo un poco de agua que bebo con ansia.
— Si ese era el destino de Luz, ojalá se hubiese muerto antes –oigo que dice María-. De esta forma no hubiera tenido tiempo para acostarse con Víctor.
Todos la miramos sorprendidos, María aprieta los dientes y por último calla. El camarero del restaurante nos indica que ya van a cerrar, son casi las seis de la tarde y Jesús le dice a María que vaya a su casa. Nos despedimos hasta el martes no sin antes volverle a recordarle a Jesús que hable con Luís.
Al volver a casa, Sandra me pregunta directamente:
— ¿Por qué le has dicho a Jesús que hable con Luís? Elisa… ¿qué ha pasado?
Le rehúyo la mirada y le digo:
— Me volví a acostar con Nacho.
— ¿Qué? ¿Cuándo? ¿Por qué? –y sus preguntas van subiendo de tono-.
— Porque todavía no lo he podido olvidar, Sandra, por eso…
— Elisa, Nacho no te conviene, ni antes, ni ahora, entiérralo en el pasado de una vez.
— ¿Y me puedes decir cómo se hace esto?
— ¿Lo fuiste a buscar tú? ¿Te buscó él? ¿Qué pasó, Elisa?
— Vino a buscarme a la salida del trabajo para decirme que volviera con él.
— ¿Qué? ¿Y tú le dijiste que sí a la primera?
— Cuando vi sus lágrimas no pude negarme.
— ¿Qué Nacho lloró?
— Sí…
— ¡Lágrimas de cocodrilo!
— Parecían sinceras, Sandra.
— Sí, y voy yo y me las creo–dice una Sandra irónica-. ¿Volviste a beber, no?
— Sí… -y bajo todavía más mi cabeza-.
— Joder, Elisa, ¿ves como no te conviene?
— Lo sé… Pero no tengo remedio…
— ¡Claro que lo tienes! Eso no lo digas nunca. Hundiéndote en la pasividad no, desde luego. Estabas bien con Luís, llevabas un tiempo estable, habías cambiado para bien, y ahora… ¿vas a volver atrás como los cangrejos?
— No, Sandra, me equivoqué. Pero no me pude resistir a la idea de la playa. Ya lo sé, estoy loca de remate. Por eso vino la policía a buscarme, porque a la mañana siguiente encontraron allí a Luz.
— ¿Cómo?
— Sí, pero me dejaron marchar porque la mataron antes de que yo estuviera allí con Nacho. No en el momento en que yo estuve en la playa…
Jaime entra en mi cuarto y nos interrumpe:
— Rápido, venid a ver las noticias, hablan sobre el caso de Luz.
Corremos rápido por el pasillo y nos sentamos enfrente de la televisión. Han detenido a Nacho como autor del crimen en Portugal, puedo ver una fotografía suya a pantalla completa que me pone los pelos de punta de una intensa sacudida.
— Elisa, ¿ves como el asesino siempre vuelve al lugar del crimen?
— … -no puedo responder-.
— Lo tengo más que claro –dice Sandra-. Quería inculparte, por eso te hizo ir a la playa.
La duda que ha sembrado Sandra me corroe fulminantemente por dentro.
Continuará...
lunes, 2 de septiembre de 2013
La sal de las heridas 19
Me vuelven a
hacer varias preguntas que disparan mis latidos. Al final me arrojo al suelo de
rodillas y le digo al policía:
— Señor,
yo no he hecho nada. Míreme, no tengo fuerzas para arrastrar un cadáver.
Espero que mis
palabras causen el efecto que busco. Mi cuerpo es menudo, comparado con el de
Luz, ella aunque delgada era bastante más alta que yo.
— Siéntese,
señorita Mejías –me ordena el policía con voz de trueno-. Dígame ¿qué hacía en
la playa a aquellas horas de la noche en pleno mes de diciembre?
— Había
ido con Nacho –dudo un instante- a recuperar el tiempo perdido.
— Explíquese…
— Fuimos
a estar a solas –me ruborizo por completo-. Necesitábamos intimidad…
— ¿Y
hasta qué hora estuvo en la playa?
— No
me acuerdo, señor, había bebido y lo he olvidado por completo.
— Y
apareció Luz y os sorprendió… -dice él atando cabos-.
— No,
yo a Luz no la vi. No me acuerdo de haberla visto –rectifico-.
— Pero
esto no explica que no fuera capaz de tirarle la piedra que hemos encontrado
como arma del crimen.
— …
— ¿Se
acuerda de esto, señorita Mejías.?
— ¡Ya
le he dicho que no me acuerdo de nada! –grito con todas mis fuerzas -.
— No
la presione más –oigo que dice Jesús-.
El policía
toma nota de lo poco que le he dicho, entra una policía y le dice que tiene una
llamada importante, resopla dejando el aire suspendido unos instantes en el
ambiente y sale del cuarto.
— Jesús
–me doy prisa para hablar-. La cosa no pinta nada bien…
— Elisa,
-me tranquiliza con sus palabras-. Es el procedimiento habitual, sino tienen
nada más cuando pasen las setenta y dos horas te dejarán ir.
¡Setenta y dos
horas! Nada comparado si después vuelvo a ser libre. Mi vocecilla interior está
cantando de alegría.
— Jesús,
dile a Luís que lo siento mucho… por todo.
— No
te preocupes, se lo diré –me dice él fijándose en mi mirada apenada-.
Me equivoqué
porque soy débil y no tengo voluntad. Si me hubiera plantado delante de Nacho y
le hubiera dicho que no tenía nada que hacer, ahora mismo no estaría aquí.
Estaría con Luís cumpliendo nuestro pequeño sueño, en la casita rural
bañándonos en el jacuzzi y dejando que la vida nos premiara con dulces y
tentadores proyectos. Chicos como Luís no se encuentran fácilmente. Mi
vocecilla está decidida a volverme a martirizar. Eres una estúpida, Elisa, cómo
lo has podido dejar escapar. Un chico que se preocupaba y que se había enamorado perdidamente de ti.
Y tú todavía obsesionada por un recuerdo, por una falacia de sensaciones que no
te llevaron a buen puerto. Nacho nunca te ha convenido y lo sabes en tu fuero
interno. Te mira y tiemblas, te acaricia y te pierdes, te besa y te
arrastras, te folla y te olvidas hasta de quién eres. Tienes
heridas visuales en tu menudo cuerpo, rastro de tu amor salvaje con él,
arañazos del arrebato que te sorprendió en la arena, moratones de la pasión que
te abrasó en la playa. Ahora lo tengo claro, las marcas que tengo sobre mi piel
son de Nacho, de mi adicción y perdición hacia su persona. Una droga que he
esnifado y me ha invadido todos los poros de mi piel. He sucumbido a su poder
despiadado por culpa de mi debilidad que ha aniquilado mi voluntad. He vuelto a
caer en su red, a estrellarme contra sus labios, a estamparme contra su fuerte
cuerpo, a arrojarme por un precipicio sin beneficio ni salvación. Y lo que es
peor, he vuelto a beber sin tener sed, sólo buscando la añorada sensación de
desinhibición, el placer que me proporciona la primera copa. Ahora, totalmente
consciente, me arrepiento de ello, he vuelto a tropezar con la misma piedra que
siempre se encuentra en mi camino. Qué fácil hubiera sido esquivarla, y ahora
mismo, no estaría en esta sala con Jesús, con el policía que ha vuelto a
entrar, con esta tenue bombilla que poco ilumina y me hace sentir tan oscura.
— Puede
irse, señorita Mejías. Ahora le vamos a devolver sus pertenencias.
Me quedo
parada, atontada, como si no lo hubiera entendido.
— ¡Vamos!
Dese prisa antes que me lo repiense –dice el policía-.
Me levanto
como puedo del asiento, mis piernas tiemblan y les cuesta sostener mi cuerpo.
— ¿Qué
pasa? –quiere saber Jesús-.
— Los
resultados de la autopsia, Luz no murió la noche del miércoles sino antes. Más
no puedo decir. Señorita Mejías, intente estar localizable en los próximos
días, puede que la volvamos a interrogar.
Paso a otra
sala donde me devuelven mi móvil que no tardo en encender, desafortunadamente
no hay ni rastro de Luís en él. Llamo a Sandra para decirle que soy libre y me
subo al coche de Jesús que me llevará a su piso de nuevo.
Cuando abro la
puerta del piso de Sandra, una emoción me recorre de arriba abajo, ella esté
esperándome de pie en el recibidor y con sólo verla me abalanzo sobre ella. La
abrazo con todas mis fuerzas. Tiene cara de no haber pegado ojo en toda la
noche y yo sé que no hago mejor aspecto. Mi cara se hunde en su largo pelo
moreno que huele a su champú y me quedó un largo rato así como suspendida en el
aire del pequeño recibidor. Jesús que también ha entrado, se pone a hablar con
Jaime y de fondo oigo su conversación aunque no paro demasiada atención en lo
que dicen. Al cabo de un rato, Ghato sale de la cocina con una salchicha en su
boca y se pone en medio de nosotras.
— Me
parece que nos hemos quedado sin segundo plato –dice Sandra alarmada-.
— ¿Qué
has hecho, Ghato? –le riño-.
— Déjalo,
Elisa –se disculpa Jaime-. Olvidé cerrar la puerta de la cocina cuando
descongelé las salchichas. Tendremos que ir a comer fuera, no dará tiempo a
descongelar nada.
— Bueno,
si no queda otro remedio… -dice Sandra resignada-.
— Invito
yo –me apresuro a decir-. ¿Quieres venir con nosotros, Jesús?
— No,
lo siento. Mi mujer me debe estar esperando.
— Llámala
y dile que se venga, así la conocemos. Y que vengan los niños también.
Jesús me hace
caso, coge su móvil y teclea el número de su mujer. Al cabo de un tiempo en el
que me he duchado y cambiado de ropa, la mujer de Jesús llama al timbre. Es una
mujer bastante atractiva, de bandera, con el pelo rizado que le cae por los
hombros, con la cara maquillada tímidamente y un cuerpo muy bien proporcionado.
Vaya con Jesús, pienso, qué calladito se lo tenía.
— Os
presento a Sara –dice Jesús-.
Sara me da dos
besos y huelo su discreto perfume caro, unas leves notas de jazmín que me
encantan.
— Y
estos son Dani y Carlota.
Un niño de
unos seis años y una niña de unos ocho me dicen hola educadamente. La niña
indudablemente ha salido al padre y el niño es más bien una mezcla de ambos.
— Ya
nos podemos ir –digo yo-.
Cogemos el
ascensor en dos turnos y salimos a la calle. Vamos a un restaurante cerca de
casa, en el mismo barrio, y de esta manera podemos ir andando. Nos pedimos unos
platos de carpaccio de salmón ahumado para
picar y unas chuletas de cordero de segundo. Los niños comerán el menú
infantil. Durante la comida evitamos hablar de Luz y de todo lo que ha pasado
aunque mis pensamientos no se alejan de ella. Jesús, como siempre, termina
contando chistes que me vienen bien para evadirme de todo lo que estoy pensando
en esos duros momentos.
— No
sé de dónde los saca –dice Sara-. Cada vez sabe más y lo bueno es que no los
olvida-.
— Con
razón se sacó la carrera –comenta Jaime-.
— Yo
no soy buena contando chistes –dice Sandra-. No tengo gracia y al cabo de poco
me olvido de ellos. Si te quedas en el paro siempre te puedes hacer humorista,
Jesús.
— No
tengáis duda de ello –contesta Jesús con un aire bastante serio que no le pega
para nada.
— Venga,
no hagas el payaso –le riñe su mujer-.
Y Jesús rompe
con una sonora carcajada que se nos contagia.
En el
restaurante, sé que me estoy perdiendo las noticias del mediodía, que
posiblemente a estas horas estén diciendo algo nuevo sobre el caso de Luz. Miro
nerviosa el reloj, son las tres de la tarde. En este preciso instante el móvil
de Jesús empieza a sonar, se levanta de la mesa y responde:
— Hola
María…
Continuará…
miércoles, 13 de marzo de 2013
La sal de las heridas 18
Estoy en una
sala sin ventanas, en la comisaría de la policía, lugar en donde nunca antes he
estado y mi cabeza se ha parado del impacto. Otro hombre con los ojos grises y
fríos me interroga:
— ¿De
qué conocía a Luz Casas Ribes?
— Trabajé
hace un tiempo con ella en la academia donde trabajo.
— ¿Qué
relación tenían?
— Sólo
trabajamos durante tres días. Más bien muy poca.
— ¿Cuándo
la vio por última vez?
— El
día en que se le acabó el contrato de modelo, hará unos dos o tres meses.
— ¡Miente!
–me dice el policía fríamente-.
— Bueno,
otro día la vi de lejos, delante de un bar.
— ¿Qué
bar?
— La
pequeña taberna.
— Vuelve
a mentir, señorita Mejías.
— ¿Dónde
estuvo ayer?
— Estuve
trabajando.
— ¿Y
después?
— En
un bar de la esquina donde trabajo, en el bar Oceanía, señor.
— ¿Conoce
al señor Ignacio Pino García?
— Sí
–digo con un hilo de voz-.
— Dime,
¿qué relación tienen?
— Es
mi ex novio.
— Y
ayer, señorita Mejías, ¿con quién estuvo en el bar Oceanía?
— Con
Nacho… -me atraganto y toso-.
— Querrá
decir con el señor Ignacio. Y bien ¿qué relación tenían Ignacio Pino García con
la señorita Luz Casas Ribes?
— No
lo sé –y mis ojos se han vuelto turbios-.
— ¡No
me lo creo, señorita Mejías! –grita el policía-¿A dónde fue después de estar en
el bar Oceanía con el señor Ignacio Pino García?
— No
lo sé, no me acuerdo.
— ¡Miente!
–repite el policía con voz más grave-. ¿Le suena de algo esto?
Y saca de un
cajón envuelta dentro una bolsa de plástico mi cartera.
— ¿Sabe
dónde la hemos encontrado?
Me paralizo,
no hace falta que me lo diga, la cartera me debió caer en la playa.
— Necesito
un abogado –digo con mi voz quebradiza-.
Me han llevado a otra sala donde
hay un teléfono porque tengo derecho a hacer una llamada. Otro policía me
vigila y marco los números de mi amiga Sandra con mis dedos que están bastante
sudados. Sandra contesta al segundo tono y al oír su voz me emociono:
— Sandra,
escúchame, tengo poco tiempo. Me han detenido.
— ¿Qué?
–dice mi amiga con varias exclamaciones que resuenan en mis oídos.
— Han
encontrado muerta a Luz y me he metido en un buen lío. Llama a Jesús, necesito
un abogado, que venga rápido.
— Sí,
tranquila, ahora mismo lo llamo.
— Cuida
de Ghato –y mi voz es tan frágil que casi no se me escucha-.
— Saldremos
de esta, Elisa –oigo que dice mi amiga-.
El policía se me acerca y me
apresuro para decirle a Sandra.
— Tengo
que colgar, Sandra, yo no he hecho nada.
Me llevan a una celda y las horas
que paso en espera se cubren de niebla espesa y gris. Mis lagunas de memoria no
me ayudan demasiado, noto que nuevamente
me está subiendo la fiebre y tirito de frío.
Estoy bastante mareada, la cabeza me da vueltas y veo como todo se mueve
a mi alrededor. Me tumbo en la cama que hay y veo el techo que está pintado de
un azul sombrío, cierro los ojos pero no puedo dormirme. Me siento atrapada en
un callejón sin salida largo, tortuoso y oscuro, ordeno mis ideas de ayer por
la tarde. No puede ser que esto me esté pasando a mí, se trata de una pesadilla
por la fiebre que tengo. Pero la celda es tan real con sus barrotes de hierro y
su frialdad que no puede haber salido de mi imaginación. Aunque no me acuerde
de nada, sé que yo no maté a Luz, eres incapaz de matar una mosca, Elisa, me
digo, pero tengo que intentar que la policía me crea y de momento no lo parece.
En la televisión, lo poco que he visto, han dicho que la policía investigaría
el entorno de la víctima, ¿formaba yo parte de él si casi no la conocía? Una
vocecilla interna me dice, sí, formabas parte de él de manera indirecta, Elisa.
Tenías celos de ella por haberte quitado tu futuro con Nacho. Claro que los
había sentido, es humano sentirlos, pero no ahora que justo estaba empezando mi
relación con Luís. Le ordeno a mi vocecilla interior que se calle y que deje de
darme la lata. No sé porqué les he dicho que no sabía la relación que tenía
Nacho y Luz hace un momento, la policía creerá que les estoy ocultando algo
pero es que sinceramente tampoco sé a ciencia cierta qué relación tenían. ¿Eran
novios?, ¿Sólo se acostaban?, ¿Amigos con derecho a roce? Pienso que Nacho
posiblemente también esté detenido, si es verdad que Luz le había estafado como
me contó ayer tiene un móvil mucho más consistente que el mío. Luz, incluso
muerta, se ha vuelto a cruzar en nuestras vidas para separarnos...
A la mañana siguiente me entran
un poco de desayuno que como con pocas ganas, el nudo está tan apretado
alrededor de mi garganta que casi no puedo tragar. Los cinco dedos que todavía
tengo presionando mi corazón aceleran mis latidos que siento dispersos por todo
el cuerpo. Me vuelven a hacer entrar en la sala donde ayer me interrogaron,
es viernes, día siete de diciembre.
Jesús ha llegado, lleva un traje marrón con una camisa de algodón bastante
arrugada. Su calva brilla con la luz de la sala y tiene los ojos cansados, nos
dejan un momento a solas cosa que hace que la presión que siento en este mismo
instante se relaje una milésima parte. Jesús se sienta a mi lado y al verlo me
entran ganas de llorar y se me escapan las lágrimas que ruedan por mis
mejillas.
— Elisa,
¿qué ha pasado?
— Jesús,
siento que hayas tenido que volver del pueblo por mi culpa –le digo con pena-.
— No
pienses en eso, anda. Dime lo que estuviste haciendo el miércoles cuando
saliste del trabajo.
— Es
que… Jesús, volví a beber, no me acuerdo ni de la mitad –le digo entre
lágrimas-.
La preocupación ha invadido la
mirada de Jesús y eso hace que mis lágrimas se aceleren. Soy consciente que me
he metido en un buen lío. Lo veo reflexionar, rascándose la barbilla con su
mano blanda y al fin me acaba diciendo.
— Dime
hasta donde recuerdas, Elisa. Tienes que ser sincera, yo no te voy a juzgar.
No tengo más
remedio que volver a hablar de Nacho, de lo que me dijo, de lo que me pidió en
aquel bar en donde mis sentimientos acabaron por desbocarse hacia la playa.
— Pero
yo no recuerdo nada de la playa, Jesús. Sólo sé que estuve porque al día
siguiente estaba llena de arena.
— ¿Dónde
te despertaste? –me pregunta-.
— En
mi cuarto, estaba sola, no recuerdo a qué hora llegué. Me desperté pasadas las
doce del mediodía.
— ¿No
recuerdas si te vio alguien de camino de la playa hasta tu casa?
Niego con la
cabeza lentamente. Jesús vuelve a rascarse la barbilla pensativo, qué daría por
acordarme de todo en este preciso instante, que la espesa niebla se evaporara y
mis recuerdos se impregnaran de luz. Pero esto no va a pasar, me digo, y otra
vez mi vocecilla interior que hace rato que no habla vuelve para decirme: Estás
condenada, Elisa, ni Jesús ni nadie podrán sacarte de aquí…
Continuará…
lunes, 4 de marzo de 2013
La sal de las heridas 17
Me despierto, abro
los ojos lentamente y los vuelvo a cerrar porque me pesan. Tengo la cabeza
llena de niebla espesa y me vuelvo a dormir sobre mi funda nórdica azul durante
horas. No sueño, no puedo crear imágenes,
todo es oscuro y relajado. El sol de mediodía se deposita en mis
párpados, me olvidé bajar la persiana, los abro, me deslumbro y me levanto
lentamente de mi cama. La cama está hecha, cuando llegué me tumbé tal cual
sobre ella y he acabado sintiendo frío. Me noto la garganta inflamada y me
duele al tragar, una moquilla se desliza por mi nariz, mierda, ¡me he
resfriado! Me levanto lentamente, tengo el cuerpo reseco, rasposo, y veo que
estoy llena de arena fina, por mis piernas, mis brazos, mi ropa y mi cabello
que se ha vuelto a encrespar. Miro mis zapatos de tacón, sí, allí también hay,
por las suelas e incluso dentro de ellos. No me apetece ducharme tal y como
estoy pero aún así lo tengo que hacer. Voy hacia al lavabo, me bajo las
braguitas y meo. Me doy cuenta que las tengo manchadas de savia blanca y espesa.
Oh, cielos, ¡Nacho! No me acuerdo de nada, la cabeza me da vueltas y siento
náuseas que suben por mi garganta. Intento hacer un esfuerzo mental: el bar de
la esquina, sus palabras, mis emociones, las suyas, el beso húmedo y suave… Sí,
hasta aquí recuerdo. Luego, nada más, patético. ¿Fuimos a la playa? El rastro
que he dejado sobre la colcha no me deja ninguna duda. ¿Follamos? La mancha de
mis braguitas es más que evidente. Abro el grifo de la ducha y lo giro hacia la
izquierda para que el agua caliente llegue. Poco a poco el vapor va empeñando
el espejo que muestra mi imagen resacosa. Nunca debí beber, me maldigo. Me
pongo bajo el chorro de la ducha y me quemo porque no he graduado bien la
temperatura, pego un grito y giro un poco el grifo hacia la derecha. El agua
arrastra la arena, me enjabono con mi gel y me lavo el pelo con el champú de
Sandra porque el mío no lo encuentro. Debajo de la ducha me acuerdo de Luís…
¡oh, cielos! Me seco con el albornoz rápidamente, corro por el pasillo hacia mi
bolso que está tirado por el suelo, lo abro y saco mi móvil. Lo enciendo,
escribo el pin con mi mano derecha temblorosa, se conecta y no tardan en
llegarme mensajes de Luís e infinidad de llamadas perdidas. “¿Dónde estás?,
“¿Te ha pasado algo, Elisa?”, “Te estoy esperando”, “Da señales de vida,
¡coño!”, y por último: “No hacía falta que jugaras conmigo de esta forma,
Elisa, hasta nunca” Oh, la casita rural, nuestras mini vacaciones ahogándose
entre los vasos de Martini que me bebí. Tengo ganas de llorar y así lo hago, el
último mensaje, escrito desde la rabia del plantón que le di, me ha traspasado.
Le llamo para disculparme aunque sé que no tengo perdón pero no me lo coge,
insisto pero nada. Lo he tirado todo por la borda y siento que la cabeza me va
a estallar en cualquier momento. Me tomo un ibuprofeno con un poco de agua que
está demasiado fría. Cómo echo de menos que no esté Sandra, pero ella también
se ha ido a un hotel con Jaime y creo que no es conveniente molestarla con mis
malos rollos. ¿Por qué tuvo que aparecer Nacho en mi vida precisamente ayer por
la tarde? Y pienso que el destino es caprichoso y cruel, que sólo está jugando
conmigo con un maléfico plan que me lleva a la deriva. Me dejé llevar… Elisa,
eres demasiado impulsiva, me riño, no deberías haberte acostado con Nacho. Tú
tenías que estar con Luís, en la escapada romántica, perdiéndote entre sus
brazos. Pero el alcohol que todo lo tiñe de gris ha vuelto a aparecer en tu
camino y te ha llevado a la perdición. Eso no era lo que yo quería, me digo,
mientras las lágrimas me están resbalando por mis mejillas. Me saco el
albornoz, lo cuelgo en la percha y me pongo el pijama de franela. Tengo frío
interior y enciendo la calefacción. Van a dar las tres, no tengo nada de
hambre, me siento en el sofá y enciendo la televisión. Titulares, noticias,
empezamos… Cierro los ojos e intento relajarme porque me duele todo el cuerpo y
estoy muy tensa. Hago zapping pero no ponen nada de interés y vuelvo a poner
las noticias. La crisis, la prima del riesgo y ¡la madre que la parió! Pero de
pronto, una imagen de una playa irrumpe en el salón. Esta mañana unos
deportistas han encontrado un cuerpo sin vida en el mar de mi ciudad. Subo el
volumen de la tele, nada interesante, todavía no han identificado el cuerpo.
Sólo saben que se trata de una mujer y la policía ha abierto una investigación.
Apago la televisión y me voy a pintar un rato. Ghato que todavía no ha comido
me reclama y le doy un trozo de jamón que se lo come con ansiedad. Preparo las
pinturas y espero que ellas me relajen de mi mal día. Hoy estoy realista e
intentaré pintar una marina a partir de la memoria, trazo las primeras líneas y
continuo, el lienzo me arroja a infinidad de sensaciones y pierdo la noción del
tiempo. Al cabo de un buen rato, noto mis mejillas muy calientes y pienso que
tengo fiebre, voy a buscar el termómetro y me lo pongo. Uf, treinta y ocho,
paro de pintar, me caliento un vaso de leche con un chorrito de miel y me
acuesto en el sofá. Vuelvo a encender la tele, casi las nueve de la noche,
vuelven a dar las noticias, en mi memoria sólo veo la casita rural que me he
perdido por mi culpa. Luís no me ha devuelto la llamada y creo que debe estar
muy enfadado conmigo. Una imagen en la tele, han identificado el cuerpo de la
joven: Luz Casas Ribes, ponen una foto de ella y me entra el mayor escalofrío
que he sentido en mi vida. Subo el volumen casi al máximo, la policía está
investigando las personas de su entorno aunque no descarta ninguna hipótesis.
El cuerpo lo han trasladado para hacerle la autopsia. Las noticias cambian de
caso, hago zapping por si en algún otro canal también dicen la noticia. Así es,
Luz impregna con su foto distintos canales, en uno oigo que si se trata de otro
caso de violencia de género. La cabeza me va a mil y pienso en Nacho, ¡oh no!
Él no sería capaz…. No sé por qué pero miro mis manos, tengo todavía arena en
mis uñas, me voy al lavabo para cortármelas y rascarlas con un cepillo. Me
duele todo, me arremango las mangas del pijama y veo que en los brazos tengo
unos arañazos y algún que otro moratón que cuando me he duchado no me he dado
cuenta de ello. No me acuerdo de nada, no tengo ni una simple imagen de la
playa ¿me caí? También me duele mucho la
espalda, me giro y me miro en el espejo con el pijama levantado, tengo otro
moratón en las lumbares mucho más grande. ¿Qué pasó ayer? Otro escalofrío me
sacude, me miro fijamente a través del espejo porque una idea ha aparecido de
golpe y porrazo en mi mente, ¿le hice algo a Luz?
Llaman a la
puerta y tardo en reaccionar, me he quedado anonadada mirándome en el espejo.
Insisten, voy a abrir y deseo que sea Luís. No miro por la mirilla y cuando
abro la puerta me encuentro con una pareja que nunca he visto antes.
— ¿Señorita
Mejías?
— Sí
–digo yo-.
El hombre que es
bastante alto habla:
— Queda
usted detenida por el asesinato de la señorita Luz Casas Ribes.
Mientras la
mujer me lee mis derechos, el hombre me esposa las manos y siento que tengo el
corazón en un puño con los cinco dedos marcados que me aprietan a su antojo.
Continuará…
jueves, 28 de febrero de 2013
La sal de las heridas 16
Salgo de la academia y frente a la puerta puedo ver la
figura de Nacho, pestañeo varias veces por si se trata de una alucinación, él
se me acerca con pasos seguros, su cara está bastante seria y mi corazón se me
desboca por la boca cuando oigo que me dice:
— Elisa,
he venido a hablar contigo. ¿Tienes un momento?
Mi cabeza asiente, un movimiento
involuntario que me ha surgido pues no me salen las palabras ya que mi garganta
se ha secado completamente.
— Ven,
iremos aquí –y me señala el bar que es donde normalmente como cuando trabajo
por las tardes-.
Mis pasos aturdidos me llevan al
bar de la esquina con Nacho que anda a mi lado y siento que por unos momentos
el tiempo se detiene. No sé qué quiere decirme pero creo que por la cara que
está poniendo se trata de algo importante. Entramos al bar, se dirige a la
barra y pide un gintonic. Yo necesito tomar algún líquido pues mi boca ha
dejado de producir saliva y me pido una cocacola light. Nos sentamos en una
mesa de metal, me siento incómoda sentada frente a él y le miro con ojos interrogantes
para que despeje mis dudas. Pero tarda en hablar, hasta que no ha pegado dos o
tres tragos largos de su vaso no empieza a decirme:
— Te
he echado de menos, Elisa –sus ojos gachos miran el vaso que sostiene entre sus
dedos y le va dando unos ligeros movimientos rotatorios-. No sé cómo me pude
dejar engañar por Luz y apartarme de ti –y ahora clava sus ojos en los míos que
se bajan instantáneamente-. Luz me ha desplumado y se ha ido con prácticamente
todo mi dinero. Se apoderó de mis contraseñas e hizo distintas transferencias
bancarias, primero sutilmente, hasta que luego pegó el golpe final a mi
empresa. En un primer momento no me di cuenta y cuando vi que algo raro pasaba
en mi contabilidad, no sospeché que había sido ella pero ahora lo tengo más que
claro. Luz sólo ha jugado conmigo, se ha reído en mi cara, me ha separado de
ti, de nuestro futuro, ¿recuerdas?
— Lo
siento, Nacho, no sabes cuánto –es lo único que me atrevo a decir mientras
recuerdo las palabras de María-.
— Más
lo siento yo, Elisa –y pega el último trago a su gintonic, levanta la mano y
pide otro-. Perdóname…
Su mano
derecha se dirige a las mías que están rodeando el vaso de cocacola y me
acaricia. Una corriente eléctrica continua me traspasa que va desde mis manos,
pasando por mis brazos, hasta mi espina dorsal. Tengo ganas de pellizcarme por
si se trata de un sueño y cierro mis ojos fuertemente para despertarme. Pero al
abrirlos de nuevo, Nacho sigue frente a mí con sus manos encima de las mías,
racionalmente las aparto aunque una parte de mí totalmente irracional quiere
quedarse con el contacto de sus manos cálidas.
— Perdóname
–repite como si se tratara de un bolero que acaricia mis oídos-.
— Nacho,
es que yo no puedo –murmuro con una voz ronca-.
— Lo
sé, es difícil perdonarme. No tengo perdón –y su mirada se ha vuelto cristalina
y veo como un par de lágrimas le están empezando a salir-.
Me quedo
sorprendida porque creo que es la primera vez que lo veo llorar, sus lágrimas
tiernas me encogen el corazón y ahora sé que no puedo marcharme de su lado. Me
quedo sentada, esperando que el camarero le sirva el tercer gintonic y cuando
viene alzo la mano y me pido un Martini
blanco que me sirven en un vaso de tubo y de cristal con dos cubitos de hielo
porque he sentido la punzada de volver a beber para encajar sus palabras.
— Vuelve
conmigo, Elisa. Te necesito tanto…
— Nacho,
déjalo –me armo de valor-. Si esto te hace sentir bien te perdono pero no me
pidas que vuelva contigo. Lo nuestro ya pasó –y le pego un buen trago al
Martini que me sabe a algo indescriptible-.
— Dame
una segunda oportunidad, no te arrepentirás.
Me lo ha dicho
tan directo que me atraviesa el corazón, hace unos meses anhelaba con todas mis
fuerzas este momento pero ha tardado tanto en llegar que ahora que está pasando
ni yo misma me lo creo. Pellízcate, Elisa, no te puede estar diciéndote esto. Y
mis dedos cogen un poco de mi carne para darme estos pellizcos que me duelen y
me dejan mis mejillas sonrosadas. Sí, estoy despierta, Nacho quiere volver y el
recuerdo de nuestra relación se instaura en mi mente como un sol y sombra
fuerte y delirante.
— No
hace falta que me contestes ahora, piénsatelo, Elisa –y sus ojos vidriosos
reclaman el cuarto gintonic-.
Me pido otro
Martini, en estos momentos me olvido completamente de Luís que me habrá venido
a buscar para pasar el puente de la Constitución en aquella casita rural que
habíamos reservado. Mi corazón danza entre luces y sombras de recuerdos
intermitentes, de inocencias perdidas como pétalos de rosas en aquel bar de
nuestra adolescencia, de conversaciones mantenidas hasta alta horas de la
madrugada entre risas, de vacaciones en lugares perdidos de la geografía
española, de nuestro piso y su sofá que se adaptaba a nuestro amor, de
proyectos de futuro cercanos y palpables, y por último de dolor intenso al
perderlo todo.
— No
te fallaré, Elisa, te lo prometo –y vuelve a acercarme su mano abierta y tan
cercana que me produce otra descarga eléctrica que me acelera las pulsaciones-.
— Nacho…
-es su nombre lo único que puedo pronunciar-.
— Brindemos
por nuestros momentos felices –y alza su vaso y lo acerca al mío para que
choquen entre sí-.
Brindo con él
por un pasado de emociones perdidas que está en mis manos recuperar. Soy débil
y cuando Nacho se me acerca con sus labios para besarme simplemente ladeo la cabeza
y dejo que me bese. Estoy besando un recuerdo que se ha impregnado de nitidez y
brilla porque es real. Jugueteamos con nuestras lenguas y siento su sabor
profundo, me está abrazando y me pierdo entre su cuerpo moreno.
Continuamos
bebiendo, ya he perdido la cuenta de los Martinis que llevo, hasta que él me
susurra al oído:
— Elisa…
Vayamos a la playa.
Pagamos y
salimos del bar, después de recorrer el paseo marítimo que está vacío nos
adentramos a la playa, a pesar de las bajas temperaturas no siento frío. Estás
loca, Elisa, pienso pero una emoción me recorre de arriba abajo. Sobre la arena
que tiembla por la pasión de nuestros cuerpos dejo que Nacho me acaricie con
sus manos en mi piel que ya creía que no volvería a sentir. Me derrito ante sus
ojos y el placer que siento es interminable, mi consciencia ha abandonado mi
cuerpo que no la quiere oír. Nacho y yo nos unimos entre suspiros de deseo esta
noche de diciembre que marcará un antes y un después en nuestras vidas para
siempre.
Continuará…
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)


